De oráculos y estrellas
Traducción de Anacronista.
¿Cómo le hacían los griegos de la Antigüedad, para saber cuándo emprender su peregrinación a Delfos a consultar al oráculo del templo de Apolo, “la voz más autorizada del mundo civilizado? Para Alun Salt y Efrosyni Boutsikas, de la Universidad de Leicester, la falta de uniformidad en los calendarios de las polis representaba el mayor problema. Al seguir las huellas de los Himnos Homéricos, de Aristófanes, de Hesíodo y Heródoto la conjetura concluye que los griegos encontraban la respuesta en el cielo nocturno Hace más de 25 siglos, largas filas de peregrinos llegaban a las faldas del Monte Parnaso, en el centro de Grecia, para consultar al renombrado oráculo de Delfos. A más de 600 metros sobre el nivel del mar, en pleno cerro, se erguía un monumental templo de Apolo, en el que una sacerdotisa llamada Pitia, envuelta en vapores emanados de una grieta, farfullaba incoherencias que una nube de acólitos convertía en versos enigmáticos de notable precisión. El oráculo llegó a ser el más famoso de la Antigüedad clásica porque con frecuencia acertaba en su pronóstico, a pesar de su proverbial oscuridad.
Y ya que de oscuridad hablamos, por mucho tiempo los estudiosos del tema helénico se hicieron una pregunta pertinente aunque algo exótica: ¿cómo hacían los griegos para saber cuándo emprender la peregrinación a Delfos? La respuesta nadie la sabe aún con certeza, pero dos estudiantes de doctorado han ofrecido una conjetura coherente y bastante plausible: al parecer los griegos encontraban la respuesta en el cielo nocturno. Pero si los griegos hallaron inspiración en las estrellas, los dos estudiantes de la Universidad de Leicester (Inglaterra), Alun Salt y Efrosyni Boutsikas, de la Escuela de Arqueología e Historia Antigua, hallaron su propia inspiración en los clásicos, y la huella de su indagación pasa por los Himnos Homéricos, Hesíodo y Aristófanes hasta llegar nada menos que a Heródoto. Éste es un recuento elemental de su pesquisa.
Un primer punto importante es que para los griegos el oráculo de Delfos era algo así como la voz más autorizada del mundo civilizado. Heródoto relata un par de historias sobre Creso, el famoso rey lidio cuyas riquezas dieron lugar a la expresión “rico como un Creso”. Sucede que este rey, en tiempos en que el poder de Persia empezaba a crecer, hizo lo que podríamos llamar un experimento práctico: envió emisarios suyos a consultar varios oráculos conocidos: el de Dodoma, el de Andiarao, el de Trofonio, el de Branchidas, el de Abas, el de un templo egipcio de Ammón, y por supuesto el de Delfos. Para establecer una misma condición base, les dio instrucciones de que debían contar cien días a partir de su salida, e interrogar a cada oráculo sobre lo que el rey Creso estaba haciendo en ese momento. En el centésimo día, el monarca discurrió hacer algo extravagante, así que cortó pedazos de tortuga y de cordero y los puso a cocer en una vasija de bronce, con una tapadera de bronce.
Heródoto relata que apenas vio la Pitia entrar a los emisarios lidios en el templo, respondió en hexámetros con algo parecido a esto: “Los granos de arena sé contar y del mar la medida, al mudo oigo hablar y al callado entiendo. El olor de acorazada tortuga a mis narices llegó, cocida en broncínea vasija con carne de cordero, con capa de bronce abajo, y bronce arriba”. Huelga decir que semejante oráculo hizo que a Creso se le erizaran los pelitos de la nuca. Resolvió entonces granjearse al dios con ricos presentes, para luego plantear la pregunta que desde el principio había querido formular: puesto que Persia estaba creciendo, ¿debía atacar? Le respondieron “que si movía sus tropas contra los persas, acabaría con un gran imperio”. Avanzó, y acabó con un gran imperio: el suyo. Pero ésta es harina de otro costal; volvamos al asunto del oráculo.
Era éste pues muy preciso y por tanto muy consultado. ¿Y entonces? ¿Acaso no era simplemente cuestión de ir cuando se les antojara una pregunta? Pues no. Y es que resulta que el dios oracular, el responsable de la precisión de la Pitia, el célebre Apolo, se hacía del rogar. Solamente ofrecía a los mortales el beneficio de su oráculo en su propio cumpleaños, que caía en el séptimo día del octavo mes en el calendario de Delfos. Al paso de los siglos, la popularidad del oráculo aumentó el número de consultas (business is business), pero inicialmente la cosa era tajante: sólo se ofrecían oráculos el séptimo día del mes llamado Bysios.
Pues entonces bastaba con ver el calendario, esperar a que llegara el mes apropiado, y viajar a Delfos para la consabida consulta. ¿No? No. Y aquí la respuesta reside en el espíritu discutidor de los griegos, que como es cosa sabida, estaban constituidos en polis, ciudades-Estado. Esto no es un simple juego verbal: cada ciudad de los helenos era como un pequeño país, con sus propias costumbres, sus propias grillas, sus propios problemas… y su propio calendario. Aunque todos usaban un calendario basado en las fases de la luna, cada polis tenía sus propios meses, y el mes que en Delfos se llamaba Bysios, en Atenas se llamaba Antesterión, y en Epidauro, Artamitios, y en Delos, Ieros.
A la selva de nombres hay que agregar, por cierto, las complicaciones derivadas del hecho de que sus meses empezaban cada luna nueva, así que su año tenía 354 días, once menos que el año solar. Los griegos resolvían el asunto intercalando un mes cada tres años para emparejar el calendario con las estaciones, pero ciertamente llevar la cuenta de los días no era cosa fácil. “El calendario —escriben Salt y Boutsikas en la revista Antiquity— estaba particularmente cercano a la religión, pues indicaba cuándo debían realizarse ciertos rituales. Cada ciudad tenía su propio sabor de religión, que sería distinta de la de los vecinos como medio de acentuar su independencia. Tener un calendario que no empataba bien con el de los vecinos también habría sido una forma excelente de mantener la diferencia. No es que los griegos no pudieran tener un calendario unificado preciso; es sólo que no les interesaba ni la precisión ni la unificación”.
Pero a la hora de las fiestas, de pronto los griegos se volvían solidarios: las Olimpiadas, los Juegos Píticos (que se celebraban justamente en Delfos) y algunos otros eventos panhelénicos sí eran de interés para todos, y lo mismo es cierto para las consultas al oráculo délfico. Llegamos así al meollo del problema: con tanto calendario distinto, tantas variaciones; sin un calendario unificado, ¿cómo saber cuándo sería el día de la consulta, el cumpleaños de Apolo? Salt halló parte de la respuesta en el famoso manual agrícola de Hesíodo, Los trabajos y los días, escrito hacia el siglo VIII antes de Cristo.
Elaborado por Hesíodo para aleccionar a su hermano (que se había quedado con la parte del león de la herencia paterna, una historia al parecer tan vieja como la humanidad) y para evitar que dilapidara la heredad, el texto no sólo da cuenta de las quejas de Hesíodo. “Posiblemente sea el texto griego más antiguo que tenemos, y revela mucho sobre cómo veían su mundo los griegos arcaicos”. Pero cosmovisiones aparte, el tratado describe los momentos apropiados para sembrar o para cosechar, basándose en muchas señales.
Como gente de campo, Hesíodo empleó indicios fáciles de encontrar, no como los calendarios de las polis. Por ejemplo, aconseja que “cuando salga del suelo el caracol para subir a las plantas… no caves tus viñas, sino que debes afilar tu hoz y excitar a tus servidores”. O bien, “presta atención al graznido de la grulla desde lo alto de las nubes. Da la señal de la labor y anuncia el invierno lluvioso. Entonces se desgarra el corazón del que no tiene bueyes”.
Pero además de los indicios que podríamos llamar campiranos, Hesíodo apela una y otra vez a los movimientos de las estrellas. Así, dice: “La siembra comienza al salir las Pléyades, hijas de Atlas, y la sementera cuando se ponen”. Esto en primera instancia carece de sentido: después de todo, las Pléyades, un cúmulo de estrellas ubicado en la constelación Tauro, salen todos los días, igual que el Sol. No siempre son visibles, porque a veces las oculta el resplandor solar, pero uno sabe que ahí están. Lo que Hesíodo y otros mencionan como la “salida” de una estrella es una salida muy peculiar que ocurre una vez al año y que se llama orto heliaco.
¿Orto heliaco? Estas palabras significan algo así como “amanecer con el Sol”, y una manera sencilla de explicar lo que significan dice así: al mirar el cielo nocturno, se aprecia que la cúpula de estrellas gira durante la noche; igual que el Sol, las constelaciones y estrellas “salen” por el Oriente y se “ponen” por el Poniente. Pero el proceso tiene una peculiaridad. Si tomamos la hora en la que aparece en el horizonte una estrella concreta, al día siguiente la estrella aparece cuatro minutos más temprano. Para una misma hora, en cada noche sucesiva una estrella particular estará más alta en el cielo. Imaginemos ahora los breves momentos poco antes de que salga el Sol por el Oriente; mientras aún está oscuro, algunas estrellas todavía aparecen, pero al salir el Sol, su resplandor las desvanece. En palabras de Salt, “el orto heliaco es el día en que una estrella sale justo antes del amanecer. Es visible brevemente en el horizonte del Este y luego se desvanece al resplandecer el cielo con el nuevo día”.
Cada estrella tiene un solo día del año en que aparece en el cielo justo antes del Sol; como calendario, este amanecer conjunto es mucho más fiable que las fases de la Luna o que los gritos de las grullas. Muchas referencias de Hesíodo aluden a estas apariciones y puestas de estrellas o constelaciones; de pronto el rústico escritor aparece más sofisticado de lo que uno esperaría de un campesino: “Cuando las Pléyades, las Híades (otras estrellas de Tauro) y la fuerza de Orión hayan desaparecido, acuérdate de que ha llegado el momento de labrar”. Ajá.
En una de esas noches de insomnio, Salt jugaba con un programa astronómico que le mostraba el orto de las constelaciones en la Antigüedad clásica. “De pronto me di cuenta de que la constelación Delphinus habría salido en el cielo oriental a fines de diciembre y principios de enero. Era la misma época en que algunas ciudades sacrificaban a Apolo Delphinios”.
En un solo instante, varios detalles hicieron clic en la mente del estudiante. Y es que, así como los católicos de todo el mundo tienen distintas advocaciones de la virgen María, los griegos tenían cultos distintos para Apolo, y uno de ellos era el de Apolo Delphinios… ¡justamente el dios adorado en Delfos!
Salt razonó que si los griegos usaban los ortos heliacos de las estrellas para sembrar, acaso también los usaran para coordinar las fechas de sus rituales. ¿Era simple casualidad que Delphinus tuviera su orto heliaco justo antes de que se hicieran rituales para honrar a Apolo Delphinios? ¿O había más bien alguna relación causal entre ambos eventos? Y a fuerza de repetirse “Delphinus”, “Delphinios”, Salt se preguntó si esto no pudiera tener alguna relación con delfines. ¡Pudiera ser! Las ideas ofrecían varios problemas. Uno de los más serios tiene que ver con la edad de la constelación Delphinios. Se puede tratar de establecer una conexión realista entre el orto heliaco de Delphinios y las festividades de Apolo sólo si la constelación existía en fechas remotas. Éste es un problema serio; la mención más temprana de Delphinus aparece en un poema de Arato llamado Phaenomena, que es viejo pero no tanto: data del siglo III antes de Cristo, 500 años después de Hesíodo. Otras referencias dicen que Arato reescribió un texto de Eudoxo, escrito cien años atrás. La referencia más antigua que Salt pudo encontrar es del siglo V antes de Cristo, todavía 300 años después de Hesíodo. ¿Cómo razonar sobre la edad de las constelaciones con tan escasas referencias antiguas? A Salt se le ocurrió que las constelaciones generan mitos, y que una constelación más vieja tendrá más mitos que una constelación más nueva. Y resulta que existe una cantidad considerable de mitos en torno a Delphinus, a pesar de tratarse de una constelación pequeña y difícilmente visible.
Supongamos entonces que Delphinus existió en tiempos de Hesíodo. ¿Será posible establecer otra conexión, esta vez entre Delfos y delfines? Curiosamente, sí. Aunque desde las ruinas de Delfos puede verse el mar (el Golfo de Corinto), está a unos diez kilómetros de la costa, en un valle tapizado de aceitunas, y parecería poco intuitivo ponerle un templo a Apolo como delfín tan lejos del mar. Por fortuna hay dos referencias que conectan muy bien al dios de la sabiduría con los delfines. Primero, en una versión de los Phaenomena, un escoliasta dejó una sencilla anotación según la cual Delphinus, la constelación, representaba a Apolo. La nota sola puede ser una simple opinión, pero hay un refuerzo en el texto de uno de los Himnos Homéricos, precisamente el dedicado a Apolo Pitio.
Según el texto, marinos cretenses surcaban los mares cuando de pronto un delfín saltó sobre el barco. El delfín era Apolo disfrazado, quien aprovechó su condición de dios para empujar el barco hacia la costa de su interés, situada muy cerca de Delfos. El dios recupera su figura y brilla como una estrella; les ordena ascender la montaña y poner al santuario existente un nombre acorde con la forma que usó para mostrárseles: el delfín. De ahí la advocación de Apolo Delphinios; de ahí el nombre del lugar, Delfos.
Hasta ahora Salt había logrado conectar a Delfos y el templo de Apolo con el delfín, y había relacionado también al dios con la constelación del delfín. Pero la constelación es verdaderamente muy tenue. ¿Habría alguna evidencia de que en efecto se usó para medir el tiempo? ¡Sí! Hay pruebas de que Delphinus se usaba precisamente para ello hacia el siglo V antes de Cristo. Por estas fechas, dos astrónomos griegos que vivían en Atenas construyeron un parapegma.
¡Otra palabra rara! Un parapegma era una especie de pilar de piedra que se ponía en las plazas de las polis. El pilar estaba lleno de agujeros por los que se movía una clavija de madera. Junto a cada agujero había una inscripción que definía el día. Una podía decir: “Hoy el viento viene del norte”; otra: “Hoy el Ave (nombre que le daban a Cygnus, la constelación del cisne) está a media altura”. Los astrónomos Euctemon y Demócrito construyeron sendos parapegmas y en ambos hay menciones directas de Delphinus. El de Euctemon en particular dice que el orto heliaco de Delphinus cae alrededor de lo que para nosotros sería el 25 de diciembre.
Salt ofrece dos posibles razones por las cuales una constelación tan minúscula pudiera merecer tal atención. La primera es la conveniencia. A mediados del siglo VIII, su orto heliaco ocurría muy cerca del solsticio de invierno, de modo que tal vez pudo usarse para determinar con precisión la fecha del solsticio. Una segunda razón es que, por su posición específica en el cielo, Delphinus tiene una rareza: el día de su orto heliaco es también la fecha de su ocaso heliaco. Es la única constelación para la cual esto es cierto, y significa que si por la mañana no se pudo ver su orto (por haber nubes), había posibilidades de ver su ocaso al atardecer.
Entonces, ¿pudo usarse el orto heliaco de Delphinus para indicar a los griegos una fecha precisa? Salt encontró tres meses llamados Delphinios, lo cual implicaba que en ellos había festivales locales dedicados a Apolo. Sólo en dos halló referencias claras que aludían a la celebración de homenajes al dios, en lo que correspondería al mes de enero. Lo que proponen los autores es simple: “Que el orto heliaco de Delphinus era la señal de que la siguiente luna nueva iniciaría el mes de Apolo Delphinios”.
Sólo había una discrepancia, y de lo más peculiar, pues se relaciona con el propio templo en Delfos: el cumpleaños de Apolo era el séptimo día de Bysios, que corresponde a febrero.
En resumidas cuentas, las ciudades para las que hay datos celebraban a Apolo Delphinios en enero, un mes después del orto heliaco de Delphinus. Pero en Delfos la celebración era en febrero. ¿A qué podría deberse esta diferencia? Salt pronto dedujo que por estar Delfos a más de 600 metros sobre el nivel del mar, y dado que riscos altos ocultan parcialmente los horizontes oriental y occidental a los ojos de Delfos, ¡ahí el orto heliaco de Delphinus ocurriría después!
¿Qué tan después? Aquí entra en juego la coautora de Salt, Boutsikas, quien había hecho un estudio así del lugar. “El templo de Apolo en Delfos es dominado por enormes riscos hacia el Este. Los riscos bloquean la vista de la parte inferior del cielo oriental. El horizonte es tan alto que las estrellas tienen que subir un buen tramo (¡27 grados!) antes de ser visibles poco antes del amanecer. Esto significa que si estás realizando un ritual madrugador como prepararte para consultar a Apolo, y quieres ver una constelación, tienes que esperar alrededor de un mes después que otras ciudades que tienen horizontes planos”, apuntó la joven.
El escenario final que dibujan Salt y Boutsikas es como sigue: cuando los griegos veían el orto heliaco de la constelación del delfín, sabían que la próxima luna nueva marcaría el inicio del mes dedicado a Apolo en su advocación de delfín. Sabían también que un mes después llegaría el cumpleaños del dios, de modo que tendrían tiempo para celebrarlo en su localidad, para luego viajar hasta Delfos y así beneficiarse de sus profecías. ¿Será? La conjetura es plausible, y el tiempo dirá cuán acertada pueda ser.









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